Nombre:
Noemí Ovando
Lugar:
México D.F.
Actividad:
publicista
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Hace
unos años un amigo me recomendó que comprara el libro
y lo leyera. Jamás me dijo de qué se trataba, y pensé
que era un libro como todos. Cuando comencé a leerlo fue
una verdadera locura. No entendía nada de la parte de los
ejercicios. Únicamente me enamoró la parte donde habla
de lo que significan los milagros. Siempre me ha parecido lo más
fácil de leer, aceptar y entender desde el intelecto.
Intenté hacer los ejercicios y simplemente no podía.
No entendía, no quería y me resistí muchísimo.
Recuerdo haber leído la introducción, donde decía
que había una lección para cada día, y que
había 365. Dejé el “yunque” de libro,
el cual odiaba cada vez que lo tomaba para tratar de comenzar.
Durante dos años seguidos, al comenzar Enero, tuve la intención
de hacer los ejercicios. Del texto ni hablar, y menos del Manual
para maestros. Hasta que desapareció la poca intención
y las ganas de hacerlo. Estuvo en mi librero diez años, más
o menos.
Durante este lapso llegaron a mi vida algunos comentarios del curso
y visité a algunas personas que lo impartían. Ninguna
me convenció como para tomarlo. El lenguaje, en primer lugar,
me molestaba muchísimo, ya que tiene mucho que ver con el
lenguaje católico judeo-cristiano, y verdaderamente, todo
lo que tiene que ver con religión, cualquiera que ésta
sea, no me gusta.
Y así, como de cuento, pasaron y pasaron los años...
Un día, una amiga mía, Rosa Eugenia, me comentó
que se estaba impartiendo el Curso de Milagros en la casa de María,
y que el cuate que lo impartía era maravilloso, con una energía
muy muy fuerte, y que cada clase era una experiencia maravillosa.
Me contó de la clase y del ejercicio que a ella le tocaba
hacer, y la verdad, no recuerdo cuál era.
Me invitó a una clase y le dije que un día iría,
pero la respuesta fue únicamente por compromiso. Yo no tenía
ninguna intención de ir, ya que vivo en el sur de la ciudad
de México, y la clase se impartía por el norte.
Un día Rosa Eugenia fue a casa y vio el libro. Ella estaba
pasando por una etapa difícil de su vida y yo lo sabía.
Me dijo:
- ¿Tienes el Curso de Milagros?
- Sí, lo tengo desde hace más o menos diez años,
y no he podido leerlo, y mucho menos hacer los ejercicios, - le
respondí. Si quieres llévatelo. Yo no lo he hecho
en este tiempo. Cuando tengas dinero me lo pagas.
Se lo di para que lo usara mientras yo encontraba a alguien con
quien tomarlo. Poco tiempo después la vi y me dijo:
-
Me caes gorda, porque te he estado diciendo del curso y no has ido.
Me sentí agredida, pero simplemente respondí:
-
Sí, voy a ir un día.
Acordamos un día y una hora, y finalmente llegué.
Cuando vi a este hombre y le escuché decidí tomar
el curso.
Él, Andrés, tenía una mirada linda, y una presencia
hermosa que me dio confianza, en un sentido amoroso, desde el corazón
(independientemente de que me parece muy guapete, el “tío”),
y cuando comenzó con una meditación, y la energía
que se sentía en el lugar, yo no lo podía creer, ni
mucho menos explicar. En ese momento algo en mi interior me dijo
que ése era el maestro con el que yo podía tener acceso
al “librototote” que me parecía en ocasiones
lleno de amor, y en otros momentos un “yunque” de porquería,
inaccesible, y me daban ganas de mandarlo al diablo y que lo quemaran.
Así comencé el camino de tratar de acercarme al Curso
de Milagros. Cada clase era una muestra de las vivencias de cada
uno de los integrantes del grupo. Andrés siempre lleno de
paciencia y amor. Otras veces me parecía un necio con el
cual no se podía hablar porque se montaba en su cursete y
no quería ver el mundo en el que nos movíamos.
El curso es, desde mi perspectiva, muy muy fuerte, confrontante
y muy difícil. Andrés insistía mucho en que
está diseñado para hacerse como lo indica el texto
y los ejercicios mismos. Yo, rebelde, no hacía los ejercicios
como se indicaba, porque no podía, no quería, no me
daba la gana salir de mi manera de ver las cosas. Cursé con
Andrés casi ocho meses. Únicamente leía algunas
lecciones. No las hacía como decía el libro. Y el
texto no lo entendía por la forma en la que está redactado.
Me parece muy complicada.
Pero con cada clase y con cada vivencia compartida me fui sensibilizando
muy poco a poco, para darme la oportunidad de ver las cosas de otra
manera. Yo discutía mucho con Andrés porque me era
muy difícil aplicar en la vida cotidiana los conceptos tan
fuertes del curso, como el perdón, que nadie me puede hacer
nada, y todas esas cosas que a día de hoy me siguen costando
trabajo.
Un día me enteré de que Andrés estaba organizando
un viaje a España y tuve la fuerte convicción de que
iría a ese viaje, aún cuando Europa no me llamaba
la atención. Nos dijo que él se quedaría en
España, que no regresaría a México, y que por
ende, no habría más grupos ni más clases con
él.
Sufrí mucho. Mi apego gritó y se desesperó.
Sentía que me abandonaba. Lo grité y lo lloré
un día en la clase, y él, demostrando paciencia y
amor, explicó desde su perspectiva y desde la del curso que
así eran las cosas. Me retorcí como un gusano.
En ese momento decidí que iría a ese viaje y que lo
viviría al máximo, ya que era la oportunidad de vivir
cada día y cada momento únicamente desde el punto
de vista del curso ¡claro, desde mi muy débil aplicación!
Fue una experiencia llena de mucha enseñanza para mí.
Trabajé mucho con mi impaciencia y mi intolerancia. Aplicaba
algunas de las lecciones que recordaba. Regresé renovada
y con más tranquilidad en la vida y en el corazón.
Estoy cursando ahora con Jorge Mares, que es otro maestro adorado,
amoroso y amable. Bendiciones para ambos.
Para finales de 2006 decidí que era el momento de que hiciera
las lecciones una por una y en orden.
En resumen, el curso ha sido una bendición y una respuesta
a mis súplicas y oraciones. Recuerdo que decía que
de todas las religiones que conocía, no sentía que
ninguna me cobijara con amor incondicional, como el que enseñó
el maestro Jesús en la práctica.
Quería regresar en el tiempo para estar con ese maestro maravilloso.
Pedía desde el fondo de mi corazón que pudiera estar
con él. Y ahora el curso ha sido la respuesta a esas oraciones
y peticiones.
La diferencia es que no se me dio como yo lo esperaba, peladito
y en la boca. No señor. Tengo que hacer las lecciones, y
en ello estoy.
Hoy, 3 de Enero, me es un poco más fácil hacer las
lecciones 1 y 2. Después de casi diez y nueve meses de clase
me estoy convenciendo y teniendo la mínima dosis de buena
voluntad (como dice el curso) para hacerlas.
Yo, Noemí Ovando, te bendigo y te agradezco a ti, Andrés
Rodríguez.
Yo, Noemí Ovando, te bendigo y te agradezco a ti, Jorge Mares.
Yo, Noemí Ovando, te bendigo y te agradezco a ti, Rosa María
Wynn.
Estoy convencida de que a mi tiempo y a mi ritmo me ha ido muy bien
en los pasos que he dado. No me quiero iluminar mañana y
tampoco me quiero ir de este planeta que tanto me gusta. Quiero
estar más consciente, ver la ilusión desde afuera
y ayudar a quien así lo decida.
No quiero consejos. No quiero sermones de nadie. Quiero vivir mi
vida como yo decida. Desde la ilusión o desde la verdad,
aún no lo sé, ya que algunas veces quiero una cosa
y luego la otra. Pero bueno, estoy en el camino.
Eso sí, que recomiendo el curso es indudable. Que es una
maravilla, lo es. Es una bendición para la humanidad. Cada
quién a su tiempo. Cada quién a su ritmo.
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