A
partir de Un Curso de Milagros he experimentado cambios muy significativos
en mí, que han sido observados por colaboradores, amigos
y familiares. De éstos, los más sensibles o abiertos
me han preguntado sobre el curso, a lo cual yo he respondido de
manera neutra y sencilla, con el fin de encender curiosidad en aquellos
que buscan un camino interior, diciendo que es un “método
de meditación para occidentales”. Y, en ocasiones,
ha partir de ahí se han abierto sorprendentes y útiles
caminos de conversación. Sin embargo, tengo que admitir que
al comienzo del estudio tuve un gran rechazo por ciertos términos
utilizados en el texto que yo relacionaba directamente con la iglesia
católica y ante los cuales me revelé desde los 7 años.
Poco a poco, fui descubriendo el significado real que tenían
estas palabras, gracias a la guía de un brillante y entregado
maestro: Andrés Rodríguez. Para mí el Curso
de Milagros ha sido un principio, un medio y un fin. Fue el principio
de la comprensión de la dimensión que tiene el perdón,
así como el abrir una puerta a los infinitos caminos de la
búsqueda del Ser. Un medio a través del cual he ido
descubriendo mi guía interna. Y un fin a lograr, pues sé
que la comprensión absoluta de uno sólo de sus ejercicios
nos podría llevar a la unión con el todo, a la Verdad,
al Creador.
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