Junio 2007
Los
"otros"
Crees que amas a quienes te rodean, pero no es así.
Si no has llegado a amar a alguien verdaderamente, en realidad
nunca has amado. E incluso a ese a quien crees haber amado tan
sólo le has condenado. Viniste a este mundo como consecuencia
de tu profundo sentimiento de culpa, y todavía no lo has
abandonado. Te resulta tan insoportable que necesitas ponerlo
en otra parte. La culpa genera en ti una profunda sensación
de vacío y abandono de la que quieres liberarte, y tu mente
intenta lograrlo mediante la proyección. Y rápidamente
llega a tu vida esa “otra parte” donde volcar toda
tu culpa. El otro se convierte para ti en el espejo constante
e inevitable de tu insoportable sensación de soledad, y
le atacas por ello. Y a eso lo llamas amor.
Ese ataque está perfectamente premeditado, ingeniosamente
diseñado y es sigilosamente llevado a cabo. Lo primero
que se necesita para atraer a la “víctima”
es un señuelo, algo que le llame poderosamente la atención.
Y no hay nada que llame más la atención a quien
se siente culpable que aquello que puede morir; el cuerpo. Y así,
el cuerpo se convierte en la herramienta fundamental del ataque.
Se le permite al otro cebarse por un tiempo de su “regalo”,
y mientras lo hace, el ego se mantiene vigilante, a la espera.
Una vez que se ha saciado, el “culpable” buscará
otra carne con la que satisfacerse, ya que la culpa nunca se siente
satisfecha, y sus ojos comenzarán a buscar en otras direcciones,
de lo cual el ego, siempre vigilante, se dará perfecta
cuenta. Entonces se pondrá en marcha y dejará de
mostrarse "amoroso" para pasar directamente al ataque
abierto y despiadado. Es fundamental para él tener cerca
de sí un cuerpo sobre el que proyectar su propia podredumbre.
Comienzan de esta forma los habituales “problemas de pareja”,
tan aceptados con normalidad por la locura, ya que se alimenta
de ellos. Y con el argumento de que “no hay amor sin dolor”,
o “si alguien se preocupa es porque te ama” se mantiene
la farsa y se aprietan un poco más las cadenas sobre la
agonizante relación.
Es entonces cuando las heridas comienzan a entumecerse, bajo un
completo legado de normas y condiciones que sólo sirven
para justificar el ataque que la locura ha llevado a cabo. Y de
esta manera, dos mentes desquiciadas deciden aumentar la demencia
y emprender una huida hacia abajo, bajo la forma de una familia.
Obviamente, las semillas de la locura no pueden dar un fruto diferente
de sí mismas. Ahora, los descendientes de esa relación
demente son un claro fruto del “amor” que “bendijo”
a sus progenitores, y ellos se miran sorprendidos.
Tratan entonces de aplicar soluciones tan disparatadas como inútiles
a una situación que no llegan a comprender y que por otra
parte necesitan prolongar, puesto que sus identidades separadas
se basan en el conflicto para mantener su apariencia de realidad.
De esta manera, la culpa ha logrado su objetivo.
Ahora el profundo vacío y la sensación de abandono
están justificados. Cada uno de ellos mira a su alrededor
y se da cuenta de que todo se encuentra en el perfecto desorden
que esperaban. Y ahora que el problema está “afuera”,
la única solución consiste en alejarse de él.
La relación es un lastre pesado del que es necesario deshacerse.
Tal vez para ello haya que hacer algún tipo de sacrificio,
pero merecerá la pena. Habrá dolor, abandono, culpa,
profunda sensación de vacío, “pero, sugiere
el ego, ¿no lo hubo siempre?”
Ahora que el otro es claramente la causa del malestar, hay que
amputarle de la relación. De esa manera llegará
la liberación y la salvación. De hecho, es posible
que en ese punto del conflicto la mente ya esté mirando
furtivamente a su alrededor en busca de futuras nuevas “víctimas”
sobre las que representar de nuevo su drama de amor.
Finalmente la relación parece romperse, la liberación
parecerá haber llegado, y de nuevo se exhibe la carnaza
que atraerá a nuevas presas sedientas de culpa, y preparadas
para morir. Y cuando se intente compartir el sueño de culpa
con otros cómplices igualmente dementes, acertarán
a decir; “así es el amor”.
Ante esta absurda situación, el Espíritu se mantiene
expectante a cualquier leve insinuación o petición
de ayuda. A una mente que está hipnotizada con el mundo
externo no se le puede pedir que dirija su visión hacia
la verdadera razón de lo que ve, que es siempre interna,
puesto que no la entendería al haber sido negada. Sin embargo,
puede utilizarse un enfoque indirecto para mostrar la relación
que existe entre lo que se ve afuera y lo que se ve adentro. De
esta manera, la mente comienza a ser consciente de que cuando
ocurre el más mínimo cambio en los pensamientos,
el mundo “externo” comienza a dirigirse en esa nueva
dirección.
Y aquí se produce de nuevo una intervención por
parte del ego, que ve menoscabado su poder. Ahora el ego se plantea:
“estoy dispuesto a cambiar, ya que soy libre, pero el otro
tiene que cambiar también”. Y de esta manera el ego
sólo cambia de argumento para mantener que la culpa sigue
estando afuera, y por supuesto, en el otro. Ahora el otro es el
culpable de que no te puedas liberar. Es una situación
muy habitual en el ámbito del “mundo espiritual”
o desarrollo interior. Tal vez el ego, en este punto, ya no pueda
mantener que atacar al otro es lo que desea por encima de todo
para liberarse de la culpa. Ahora utiliza un argumento más
sofisticado y aceptable para la mente: “yo soy el salvador
del otro, pero el otro debe reconocer mis méritos para
que yo acceda a su salvación”. Para el Espíritu,
la forma y los argumentos del ataque son irrelevantes.
Muchas personas dan por comprendido el concepto de proyección,
pero ¿se comprende realmente? La proyección es un
mecanismo de defensa de la mente. Es algo inconsciente. Y es autodefensa
porque se percibe un ataque abierto.
¿De
dónde procedería ese ataque?
¿Qué crees haber hecho para venir a esconderte en
este mundo para castigarte en él?
La larga cadena de relaciones especiales que se entablan es sólo
la manera que la mente utiliza para tratar de liberarse de la
culpa, si bien no lo logra. De hecho, la sensación de culpa
se incrementa aún más, al ser representada todo
el tiempo con todas las personas con las que te relacionas de
una u otra forma. De lo único que tratas de liberarte en
todo este proceso es de tu profunda sensación de vacío
interno. Hay un profundo dolor que tratas de aliviar mediante
el otro. Le manipulas, le atacas, le pides, le juzgas o crees
ayudarle tan sólo para que él te dé eso de
lo que tú crees carecer. El otro se ha convertido para
ti en el símbolo de la culpabilidad. Has perdido de vista
que es un símbolo de tu culpabilidad. Y mientras
sigas mirando hacia afuera no te darás cuenta de que no
hay nada ahí, excepto lo que creas que hay primero en ti.
Y el mundo representará la escena que tú le indiques,
en función de tu inocencia o de tu culpabilidad. Pero no
juzgues los símbolos de lo que no te gusta, puesto que
les darás una realidad que no tienen. Puesto que se trata
únicamente de símbolos, es conveniente dejar de
verlos como la causa de lo que sientes, y verlos sólo como
representaciones de lo que has creído sobre ti mismo.
Éste
es un ejercicio de gran humildad que no todos están dispuestos
a llevar a cabo. La mente necesita que el otro sea culpable, y
en el caso de aceptar que tú lo eres también, el
otro debe serlo más, y sus “pecados” deben
ser más condenables que los tuyos. No subestimes la importancia
que la mente le da a esta creencia. La supervivencia de tu falsa
identidad se basa en ella. Es una cuestión de vida o muerte
para el ego. Y en la medida en que tú te identifiques con
él, es una cuestión de vida o muerte para ti. De
hecho, la mayoría prefiere morir a dejar de ver la culpa
en ninguna parte. Observa los hechos. En las ocasiones que tuviste
un conflicto con alguien más, habrías elegido cualquier
cosa antes que perdonarle. Porque perdonarle habría significado
para ti que no es culpable, y tu mente habría creído
que entonces la culpa y el castigo recaerían sobre ti.
Ante ese “castigo divino” que crees se te infligiría
prefieres la muerte. Al menos la muerte no parece tan dolorosa
como sufrir por eso que crees haber hecho, y que has ocultado
de tu conciencia. Tener a Dios como enemigo es tremendamente amenazante
para el ego, que cree estar en guerra con Él. Esa es la
razón por la que el ego huye a esconderse en el único
lugar donde la verdad no podría entrar: el sueño.
Y la razón por la cuál es fundamental para él
mantener el sueño del mundo en tu conciencia, puesto que
es su refugio, pero también tu prisión.
El primer paso en el deshacimiento de la culpa es liberarte de
los símbolos que la mantienen vigente en tu conciencia
y la refuerzan. Cada vez que te sorprendas mirando hacia fuera,
a los “otros”, recuerda que estás simplemente
tratando de mantener viva la creencia de que eres culpable.
Te darás cuenta de que lo estás haciendo porque
cuando te plantees dejar de ver en ellos cualquier resquicio de
culpa sentirás una gran resistencia. Algo en tu mente necesitará
seguir mirando ahí y ver lo que crees que se encuentra
en ellos. Puedes entonces reconocer que no es posible que el mundo
te muestre algo diferente de lo que tú crees ser. Lo que
ves en el otro es un reflejo de lo que has visto primero en ti.
Recuerda que la resistencia inicial es un síntoma de que
esto es lo que está ocurriendo.
El siguiente paso, una vez que has logrado dejar de ver la culpa
afuera, es dejar de defenderte de la profunda y desagradable sensación
que produce sentirte culpable, y por lo que necesitas proyectarla
hacia afuera. Esa sensación se ha incrementado con el paso
del tiempo porque la has estado resistiendo cada vez que se ha
presentado, y de esta forma le has dado una realidad que no tiene.
Es la profunda desesperación que tratabas de evitar cuando
creías que tu relación especial podría terminar.
Es la razón por la que necesitabas relaciones especiales.
Ahora necesitas darte cuenta de que no es real. Esto sólo
puedes conseguirlo dejando de reaccionar ante ella, dejando de
juzgarla, puesto que nadie juzgaría aquello que no considera
real. Este segundo paso puede ser muy doloroso, pero es necesario
en el proceso de deshacimiento de la culpa.
En la medida en que se le deja de dar realidad a la culpa, ésta
comienza a desaparecer de la conciencia, y sus efectos desaparecen
del mundo, al desaparecer de tu mente. Éste es el proceso
del perdón, de la Expiación en el tiempo. Es algo
que necesita ser aprendido y practicado constantemente, puesto
que la tentación de ver la culpa afuera será muy
intensa en los primeros pasos de su deshacimiento. Pero llegará
un momento en que desaparecerá definitivamente de la mente
que lo ha llevado a cabo poniendo su buena voluntad al servicio
del Espíritu.
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