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Agosto 2008
Idolatría
y especialismo
Son muy pocas las relaciones maestro-alumno que escapan completamente
al engaño y la manipulación que entrañan la
idolatría y el especialismo. Pero para comprenderlo claramente
es necesario primero identificar los síntomas de ambos comportamientos,
que en el fondo son diferentes aspectos de la misma creencia: la
culpa. Es importante recordar que el engaño siempre ocurre
primero como consecuencia de dejarse confundir por las formas, sin
prestar demasiada atención al fondo.
En este caso, el hecho de que alguien tenga algo que exponer ante
un auditorio genera en la mente la ilusión de que, por ese
simple hecho, esa persona posee algo de lo que los otros carecen.
Partiendo de esto, y teniendo en cuenta que la mente que ha creído
estar separada tiene una gran necesidad de consuelo y satisfacción,
es muy fácil comprender que se proyecten todo tipo de fantasías
e ilusiones sobre quien parece tener eso de lo que se carece.
Lo que ocurre a partir de entonces puede suponerse. La mente del
alumno, habiendo dado por sentado que el maestro es especial, va
a querer apropiarse de ese especialismo para sí, y requerirá
de él la atención, el amor, la dedicación o
el tiempo que considera justo para “equilibrar” la diferencia
que ha imaginado existe entre ambos.
Una manera típica que el ego del alumno utiliza para manipular
la atención del maestro es el halago personal, la admiración
y la exagerada defensa de sus métodos particulares ante los
métodos que otros maestros pudieran utilizar. El maestro
se convierte en el héroe que por fin ha venido a colmar todas
sus necesidades y anhelos. Cada palabra que dice es sagrada y el
camino inevitable hacia la salvación. Nada se pone en duda.
Nada se cuestiona, aunque esto no significa que el alumno lleve
a cabo las indicaciones que recibe. Si el maestro es un verdadero
maestro, dará indicaciones que lleven a la mente de su alumno
a liberarse del especialismo, y no a hundirse más en él.
Esto será rápidamente interpretado por el alumno como
una amenaza de manera inconsciente, y pasará por alto la
indicación, puesto que llevarla a cabo sería una mayor
pérdida para él. De esta manera parece haber comprendido
algo, pero no es así. Como cree en las formas, sólo
parece haber comprendido, y asiente ante lo que se le dice sin haber
pensado seriamente en ello. Este tipo de relaciones son relaciones
dementes que parecen cuerdas. A veces esta demencia es compartida
por el maestro, cuando éste está tan necesitado de
amor como su alumno.
Las peticiones absurdas, las demandas de atención y los intentos
de hacer del maestro un cómplice de la locura son interminables
y abarcan todas las formas imaginables. El ego es obstinado, y tiene
una razón para intentarlo de una manera tan incesante, puesto
que le va la vida en ello. Éste seguirá intentando
por un tiempo esa estrategia inconsciente de manipulación,
y si el maestro no comparte el desvarío, a la larga será
percibido como un enemigo.
A partir de ese momento el ego del alumno ya no encuentra más
motivos para seguir ocultando la verdadera intención que
tenía desde el principio, que era el ataque abierto y despiadado
hacia quien percibía como una amenaza, ya que el ego siempre
percibe como una amenaza a un maestro de Dios como consecuencia
de sus juicios e interpretaciones. Es entonces cuando el ego agudiza
su “visión” selectiva para encontrar testigos
de lo único que desea ver, que no es otra cosa que la profunda
culpabilidad que le invade. Y lo que antes eran cualidades dignas
de admiración para él se tornan ahora en motivos para
emprender un ataque en el que pueda encontrar la mayor cantidad
de aliados posible. Y los busca incansablemente, a veces a través
de comentarios “bienintencionados”, de simples “observaciones”
y todo tipo de estrategias sutiles que impidan a su mente darse
cuenta de cuál es el verdadero motivo que le mueve. Y quien
inventó el pedestal más alto será el primero
en querer echarlo abajo para hacer caer al “santo” que
no le concedió sus “milagros” personales y privados,
abalanzándose sobre él cuando caiga para tratar de
destruirle. Y así, el que antes era el "Hijo de Dios
sobre la faz de la Tierra", el "amoroso enviado de la
luz", el que traía la "salvación" a
una experiencia miserable, el "camino, la verdad y la vida",
se convierte por obra y magia del ego en poco más que un
enemigo despreciable. Y esta visión de su hermano no es suficiente
para mostrarle que el maestro al que realmente estaba siguiendo
era su propio ego. Puesto que nunca escuchó, nunca aprendió.
Su objetivo estaba claro desde el principio, aunque él mismo
nunca lo vio.
La idolatría es tan sólo el intento por parte de quien
se cree especial de proyectar ese especialismo sobre otro, poniéndole
en un pedestal tan alto que le aleje de él, para de esa manera
no ver que Dios crea en perfecta igualdad. En las mentes desequilibradas,
la distancia entre la admiración y el ataque, entre el amor
y el odio es tan sólo el ancho de un pelo, y puede alternar
entre uno y otro estado con gran facilidad. Y esa alternancia entre
una perspectiva y la otra debiera ser un síntoma suficientemente
claro como para replantearse seriamente la dirección a seguir.
Un maestro avanzado de Dios es consciente de todo este movimiento
mental desde el principio, puesto que lo ha observado en su propia
mente en su período de preparación. Al haberlo visto
a la luz del Espíritu, lo ha dejado a un lado y no está
condicionado por ello, aunque es consciente de cómo funciona.
Por esta razón no participa de especialismos de ninguna clase
ni es parcial con respecto a la relación que tiene con sus
alumnos. La impecabilidad es la referencia que le guía en
el trato con otros, especialmente teniendo presente que el ego no
necesita motivos para llevar a cabo ataques de cualquier tipo. Pero
estos ataques pueden ser deshechos más eficazmente en la
medida que la enseñanza sea más clara y menos sujeta
a interpretaciones equivocadas.
Una vez deshecha la creencia de especialismo entre maestro y alumno,
y una vez que se ha abandonado la idolatría en virtud de
la verdadera amistad, tiene lugar un progreso mutuo que llevará
a ambos hacia una relación realmente santa, puesto que la
necesidad de condenar al otro por razón de la amenaza que
parecía traer consigo habrá desaparecido.
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