Agosto
2007
El
arte de la comunicación
La comunicación es el arte de transmitir pensamientos.
Y es un arte porque une lo invisible con lo visible, lo abstracto
con lo concreto. La única finalidad de la comunicación
es recordarle a la mente lo que ha olvidado. Y lo que ha olvidado
es lo único que existe. La comunicación es, por
lo tanto, una herramienta que, puesta al servicio del Espíritu,
se convierte en el puente hacia el mundo real.
Hablar no significa comunicarse. Comunicarse significa estar en
unión con otra mente, con o sin palabras. Y cuando esa
unión mental puede traducirse en palabras, el lenguaje
se vuelve inspirado y divino. Y las palabras cobran una nueva
dimensión y una profundidad que no podrían tener
de otra manera.
Por lo general todos hablan, pero no dicen nada. Hablar de uno
mismo permanentemente no significa estar en comunicación,
sino negarla. Quien habla constantemente de sí mismo ha
olvidado que la comunicación es un intercambio en el que
ambas mentes se ven inspiradas mediante el recuerdo de lo olvidado.
Quien sabe escuchar, reconoce que lo que oye en otros es sólo
el eco de su propia voz, y no siente la necesidad de intervenir,
a no ser que el Espíritu así se lo indique. Y lo
que diga entonces no tendrá relación con su propio
personaje, puesto que no hay diferencia entre el suyo o el de
otro. Ambos son igualmente irreales. No será él
quien decida qué se va a decir, a quién o cómo.
Cuando se ha confiado hasta ese punto, la mente se limita a escuchar
y a transmitir lo que escucha, proveniente de una sabiduría
que trasciende cualquier intención de participar conscientemente
de ninguna comunicación. Y lo que escuche puede parecerle
sorprendente o extraño, pero no lo juzgará, puesto
que la experiencia le ha demostrado que puede confiar en ello.
En
ocasiones, la comunicación se convierte en un arma para
atacar. Se ha juzgado previamente al otro como indigno de amor,
y ahora hay que destruirle. Para eso es necesario convertirle
en una idea, porque sólo las ideas pueden ser negadas,
y negar a tu hermano es atacarle. Y no te das cuenta de que primero
has debido creer que tú mismo eres una idea, y una idea
de insuficiencia, ya que de otra manera no podrías ver
insuficiencia en tu hermano.
Ahora la “comunicación” es sólo la espada
con la que atravesarle y terminar con él. No importan los
argumentos. No importa la elocuencia. No importa el ingenio. No
proviene del deseo de compartir, sino del de separar. Adopte la
forma que adopte, no reúne la única condición
en la que la comunicación es posible; el deseo de recordar
conjuntamente con tu hermano quién eres. Y lo que sois
tiene que ser lo mismo, puesto que habéis sido creados
iguales. Un conflicto de comunicación es sólo una
manera de decir que la comunicación se ha interrumpido,
puesto que cuando hay comunicación, no puede haber conflicto.
Cuando
necesitas que tu hermano crea lo mismo que tú y piense
lo mismo que tú piensas como condición para amarle,
es porque te encuentras solo y estás pidiendo desesperadamente
amor. No crees que Dios te ame porque crees que no eres digno
de amor, al creer que has efectuado un cambio en la mente que
Él creó inmutable. Y es inevitable, si piensas esto,
que creas que le has atacado. Así que ahora es fundamental
para ti que tu hermano pague por lo que tú crees haber
hecho. Ahora es necesario definir cuál es la “verdad”,
y una vez hecho esto, tienes que demostrarle a tu hermano lo equivocado
que está, de manera que, ante la “elocuencia”
de tus argumentos, él decida hacer un cambio en su mente
que te libere a ti de la necesidad de hacer un cambio en la tuya.
Para
el ego es fundamental que tú creas esto, ya que si no es
así, serías tú el que tendría que
permitir que el cambio fuera hecho en tu mente. Y en este proceso
se pasan por alto muchas cosas. Se olvida que el amor no pone
condiciones. Que tu hermano y tú sólo sois dignos
de amor, sin que nada en este mundo haya modificado jamás
esa condición. Y que sólo la mentira tiene que ser
sostenida, porque la verdad se sostiene sola, y no necesita defensas.
Si una idea te separa de tu hermano, esa idea te está separando
de ti mismo. Y no debería subestimarse el poder de esta
afirmación. Esa idea, por muy “espiritual”
que sea, por muy inteligente o bien argumentada que parezca, es
sólo una excusa de tu mente para no amar. Ya que cuando
amas realmente, no hay ninguna idea en la que tu hermano y tú
no estéis unidos. El amor unifica y corrige cualquier desorden
mental. El amor pasa por alto cualquier ilusión en forma
de conflicto. El amor sólo busca extenderse a sí
mismo, es paciente, y tiene perfecta confianza en la verdad de
la que proviene. Jamás justifica un ataque ni lo promueve.
No busca la separación, sino la perfecta unión con
todo y con todos.
Cuando
eso ocurre, la comunicación se ha reestablecido. Ahora
las palabras son irrelevantes. Donde antes se necesitaban muchas
palabras, ahora la Voz del silencio susurra verdades ancestrales
que todas las mentes reconocen, y ante las cuales no hay posibilidad
de réplica. Se han dejado las defensas de lado, la mente
está receptiva de nuevo a la verdad y nadie tiene ya necesidad
de conflicto.
Perder la paz, dejar de amar y tratar de atacar al otro son siempre
los síntomas de la falta de comunicación. Tú
no tienes que “salvar” a nadie de sus errores. Precisamente
porque no son reales no pueden tener efectos. Y creerás
esto cuando tú mismo te hayas perdonado y no sientas ya
ninguna necesidad de hacer nada para “expiar” tus
culpas. Por lo tanto, tampoco le exigirás a nadie que haga
nada con respecto a sus propios errores. Eso libera completamente
su mente y la tuya, junto con él. No te conviertes en el
juez de los errores de tu hermano, sino en aquél que siempre
los pasa por alto y no les da ninguna importancia, tengan la forma
que tengan. Y en la medida que haces esto, los errores comienzan
a desaparecer de su mente, y de la tuya. Todo es logrado cuando
no intervienes, sino cuando lo permites. Intentarlo es perderlo
de vista. La visión del Espíritu efectúa
toda corrección.
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